sábado, 20 de octubre de 2012

Enrique


Cansada de hacer  siempre lo mismo, decidí salir al parque cercano para despejar mi mente. Di algunas vueltas alrededor hasta que decidí sentarme. Elegí la banca donde había visto a un pequeño que, aunque no lo conocía llamó mi atención y también, de los que pasaban cerca por su carita angelical y cabello castaño. Estaba solo y parecía estar triste. Me había visto y sonreído al pasar frente a él antes.  Me acerqué más a él  y lucía preocupado. Se fijó de mi presencia, aunque volvió a sonreír, tras decirme hola, inmediatamente soltó que no sabía dónde estaban sus padres.

Interesada en ayudarle desde un principio, pregunté su nombre.
-Me llamo Enrique, dijo. Después, describió como eran sus padres y cómo vestían. Sugerí dónde podrían haber ido, pero él, contestó inciertamente. La caseta con altavoz del parque, estaba cerca, pero aún  así, de camino allí,  miramos entre la gente que iba y venía alrededor nuestro, girando la cabeza aquí y allá: No había tiempo que perder, la tarde caía, había que anunciar su pérdida rápidamente, pues el parque, empezaba a vaciarse de gente. Enrique lucía triste pero nada más. 
¿No te preocupa haberte perdido? ¿No encontrar a tus papás?, le pregunté. Contestó seguro con su boca rosada en forma de corazón, un no.
Me sorprendió su respuesta.
—No te puedo dejar acá, ¿sabes? Va a caer la noche y podría ser peligroso. Te quedarás conmigo. Mañana preguntaremos por tus papás. 
Él me sonrió y su mirada cambió: fue como que si le hubieran dado una gran noticia. Me observó fijo, como si me estuviera tomando una foto para guardarla en su mente.

Inicié el camino a casa, con él al lado mío. Caminamos en silencio, pero yo no podía evitar dejar de pensar que había algo en Enrique. No sabía qué; pero lo había. 
Al llegar a casa, le fascinó ver tantos libros.
 —iJamás había visto tantos libros; tantos estantes! ¿Los has leído todos?, me preguntó.
 —La mayoría. Pero me faltan todavía algunos, le contesté.
Él seguía fascinado. Tocaba los libros, los abría, los olía. Pasaba sus manos sobre las páginas, pareciendo que las acariciaba. Tomaba a veces, libro por libro para ver de qué trataba, iba de estante en estante repasando los títulos. 
—¿Te gusta leer? Pregunté.
 —Me encanta. Pero no he leído mucho. 
—¿No hay libros en tu casa?
 —No. Contestó rotundo.

Nadie sabía nada de Enrique: de donde venía, de donde había salido, que le había pasado... Nada. Dejándolo a gusto, fui a la cocina a prepararnos algo de comer. Luego, lo llamé a cenar.

—Enrique, dije.
—Dime "Quique", me gusta más que me llaman así.
—No creo que encontremos a mis papás, expresó en tono convencido; lo que me sorprendió. Hubo una pausa, pero después de unos momentos, mirándolo fijamente, en vez de contestarme porqué creía eso, dijo: —¿Puedes darme algo para leer? Sin pensármelo mucho, fui a un estante y extraje “El coronel no tiene quien le escriba”, que me encanta. Quique, sonriendo lo tomó enseguida. 

Lo ubiqué en cuanto pude en el cuarto de las visitas. El cuarto de baño está a la par. Duerme bien, descansa, Mañana iremos a ver si hay noticias de tus papás. Buenas noches, le deseé, mientras me dirigía al mío.  
Algo me decía que Quique era de confiar, que era un buen niño. 
Me acosté en mi cama y el techo me parecía un mar de preguntas sobre quien era este niño. Quedé dormida pensando en las respuestas.

Sonó mi alarma. Me levanté y fui a la ducha. Me cambié y fui a la cocina. Al pasar, corroboré si Quique seguía allí y así era. Decidí no despertarlo pero tras encender  la televisión de la sala, se despertó. 
—¿Tienes hambre? Pregunté. 
—Sí. 
Le serví y nos sentamos juntos a comer. 
—Leí todo el libro, dijo orgulloso—Ayer en la noche lo leí, todo. Pobre coronel... Pero lo entiendo. Yo también soy así.
 —¿Qué quieres decir?, le pregunté.
 —Como el coronel, nadie me entiende, nadie me ve y a nadie importo. Sólo ven los problemas que traigo. 
No sabía qué preguntar o qué decir. No entendía porqué decía eso...  

Me levanté.
—¿Vamos a la alcaldía?, me preguntó. La respuesta fue sí.
Al llegar, toda la gente allí, se quedó mirándonos; o mejor dicho a Quique, quien no dejaba de despertar admiración. Él sabía que hablaban de él y a veces sonreía. Yo me daba cuenta, pero no hacía mucho caso, sólo seguía caminando. 
—Señorita, quisiera saber si han preguntado o han reportado niños perdidos. Desde ayer, busco a los papás de este niño.- Le dije a la muchacha excesivamente maquillada y que, aunque acababa de llegar, parecía querer marcharse ya. 
-No. Por lo menos, no que nos hayan venido a avisar. No tenemos ni un papel ni recado de la caseta, contestó.
Me quedé pensando  qué hacer. Preocupada pensé ¿Cómo era posible que unos padres no buscaran a su hijo? 
Enrique vió mi cara de angustia. 
—¿Estás bien? No tienes que preocuparte por mí. 
Lo último lo dijo sin ninguna intención, sin sentirlo.

Pasaron dos días y nada. Ningún aviso, ninguna noticia. Pasó una semana, semana y media y absolutamente nada. Era como si Quique no tuviera a nadie, aunque estaba tan calmado y sereno como si nada. Sólo sus ojos, de color miel y grandes, a veces parecían preguntar y responderse a sí mismo… con sus cejas casi rubias enmarcando los hermosos ojos. Sus manos, pequeñas y rasguñadas aquí y allá –decía tener un gato que era más que suyo era de la vecina-, hablaban de que pertenecía a alguna parte.

Llevaba una mochila que cuidaba que nadie le tocara siquiera. Se molestaba cuando alguien intentaba hacerlo, como ocurrió cuando mi encargada de la limpieza lo hizo una vez arreglando su cuarto. Así, una noche, recordando el incidente al estar cenando, pregunté qué llevaba en ella. 
-Lo que pude meter en ella y  la ropa -suficiente para dos semanas- Supe cuando me enseñó su contenido.

En esa semana, hablamos mucho de lo que nos gustaba y lo que no; de cómo son  las personas cuando mienten, de los lugares que nos gustaría conocer; de lo que nos gustaba comer y lo que no... pero seguía sin saber mucho de él, pues se negaba a hablar de donde venía o cosas más personales. En su mirada, siempre se veía que estaba triste. 
Una tarde, charlábamos acerca de “Alicia en el País de las Maravillas”, cuando tocaron a la puerta. Era la policía que venía a llevarse a Quique. Al protestar por qué, respondieron que debía acompañarlos también. Tomé un suéter para él y otro para mí, sin hacer más preguntas, mientras él me veía con una cara de ¿Qué es lo que he hecho ahora?, y yo le respondía con la mía de ¡No tengo idea! 

  


*                         *                         *



Jamás me lo hubiera imaginado: Unas constancias médicas aseguraban que Quique tenía problemas mentales y que los estudios a los que lo habían sometido, explicaban que el chico carecía del sentimiento a ser feliz ¿Ser feliz? pensé yo, eso debía ser una mentira. ¿Cómo alguien puede carecer de esto, o no va a saber lo qué es ser feliz? Otra carta escrita por su madre decía ya no quererlo; por no saber qué más hacer con él. Quique no había escuchado, era mejor así. Era mejor que se quedara afuera esperando. Tampoco me preguntó nada cuando me vio. Regresamos a casa.

Quería decirle muchas cosas cuando me senté a la mesa del comedor, mientras él, miraba la televisión. Intuyendo mis preguntas, caminando a donde yo estaba:
—Ya sé qué es lo qué te dijeron.... No tienes porqué ocultármelo. Siempre lo he sabido. Por eso mis papás no me querían.
—No digas eso. 
—Pero es cierto. ¿Qué tipo de papás dejan a sus hijos en el parque? ¿Quién? Dime. 
—Ellos no te dejaron el parque, tú fuiste el que se perdió. Dije.
—iNo mientas! iNo me mientas! iEllos me dejaron ahí, yo los escuché un día antes! ¿Crees qué ha sido fácil ser así como yo soy? ¿Sabes cuántos problemas he tenido?  iQuiero ser feliz y no puedo! iNo puedo! ¿Qué acaso soy anormal? He visto personas que son infelices pero no siempre, he visto que tienen momentos de felicidad ¿Pero yo? ¿Yo? iA nadie le interesa en este mundo! Dijo Quique, llorando por fin.
Me levanté para abrazarlo y siguió llorando sobre mi hombro. —¡Quiero ser feliz! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero ser feliz!.... Repetía al hacerlo.
—Tal vez no has estado con las personas correctas para ser feliz.
—¿Sabes? Una vez alguien así me lo dijo. Lo conocí cuando me hacían unas pruebas en el centro psiquiátrico.... —Me sorprendí ¿Centro psiquiátrico? Lo vi tratando de disimular. No quería mirarlo admirativamente o con lástima, pero no podía mirarlo de otra manera—. Sí, centro psiquiátrico. Nunca estuve interno pero me hacían pruebas y exámenes para saber como era que yo pensaba, o no sé. Nunca entendí qué era, pero las personas de ese lugar eran, o por lo menos, parecían felices. No les importaba nada, hacían cuanto ellos querían y podían gritar cuantas veces pudieran. 
—Pero esas personas estaban locas, Quique.
—Sí, sí ya lo sé, pero eran felices. No me importaría estar loco con tal de ser feliz. No me importaría morirme, si así me siento feliz. No me importaría nada con sólo ser feliz.... Dijo sonriendo. Hubo una pausa. -Te elegí a tí. En medio de toda esa gente en el parque, la mejor eras tú. Te veías con tanta vida y a la vez, sin ella. Estabas completa pero al mismo tiempo, vacía y aburrida. Miré y me fijé tanto en ti que hasta sabía que aparentabas ser feliz pero no lo estabas, no del todo.... 
—Ven— y lo volví a abrazar, susurrándole al oído le dije —Te propongo algo: intentemos ser felices juntos. 







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*Esta historia la escribí para el "Concurso de: Escribiendo mi Poesía y Cuento 2012" del colegio en el que estudio, ganando primer lugar en la categoría de cuento. 
Le doy las infinitas gracias a mis lectores número uno, mi mamá y mi papá. A vos mamá, por tu apoyo incondicional y a vos papi, por tus palabras.  
También, muchísimas gracias a Carlos Leiva Cea por ayudarme a encontrar el orden a mis ideas. 

Por último, gracias a todos los que me leen. No se imaginan lo bonito que es este sentimiento, G R A C I A S. 


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