viernes, 28 de marzo de 2014

A veces basta no saber

No sé si soy yo o no sé si es él. No sé como es que me conquista y como se gana mi afecto, tampoco sé como se atreve a mirarme con los ojos llenos de amor.
No sé si me quiere, no sé si lo dejaré de querer; no sé si seremos ni tampoco sé si ya somos.
No sé. No sé nada de él pero conozco mucho; no conoce nada de mí pero cree saber todo. Y la verdad, a veces, sólo eso basta: Creer.
Y, por eso, creo que no sé.

martes, 4 de marzo de 2014

Querer no siempre es poder

Justo ahí supe que no podía tener algo con él. En ese preciso instante que me miró con sus grandes ojos negros clavándome una mirada de amor, supe que no podía. No podía sentir algo hacia él, no.

No sé si era el querer tanto que sabía que no podía o el poder tanto que no sabía si llegaría a querer. Negar las cosas aumenta el deseo pero no sucedería conmigo, no. No dejaría que pasara.
Pero pasó. Pasó así pasan los años, las estaciones, el llanto, la vida... Porque tenía que pasar.


Así pasaba dando vueltas su nombre y todo lo que tenía que ver con él en mi cabeza. Pasaba tanto que ya ni sabía que me estaba pasando. Y, es que... fue tanto lo que había pasado entre él y yo.
Nunca creí que sucedieramos, nunca creí el coincidir hasta que sus ojos hablaron todo lo que nunca me dijo y nunca diría. Desde que lo conocí, fue así. Su mirada decía mucho más y todo de lo que no salía de su boca. Esa pequeña boca que era mentirosa, sarcástica y hasta narcisista pero con finos labios que derretían al tocarlos, al besarlos.

Empezamos como un juego, un juego donde ganaba el mejor pero ni él ni yo, llegó a pensar que se volvería algo más. Se dejó en claro que no seríamos amigos, tampoco novios aunque nunca le importó lo que seríamos con tal de ser. Aprendí eso de él.

Me quería, a su manera pero me quería. Lo llegué a querer. A mi manera, también. Nuestras formas de querer eran diferentes pero complementarias.

No fuimos una historia de amor, tampoco amor de un rato. Fuimos ambas a la vez.

Lo quise, lo quiero y lo querré. Aunque no quiera, aunque no pueda y aunque no deba. Comencé a quererlo justo cuando me dije que no podía dejar de quererlo aunque pasara el tiempo; Fue en ese preciso momento que éste recuerdo empezó.

sábado, 25 de enero de 2014

La felicidad

Hace un par de meses me preguntaron si era feliz. No respondí pero mi mente voló instantáneamente a como las lágrimas caían por mi mejilla derecha y empezaban a caer por mi izquierda… Recuerdo como me sentía y quién hubiera dicho que era sólo el comienzo del viaje tan largo que me esperaba.

Rara vez las cosas que empiezan mal terminan bien pero había algo en mí que me decía que así sería: Acabarían bien. Confié. “La esperanza debe ser lo último que se pierda”, me dije. “Todo está en qué perspectiva veas las cosas”, me animé.
Siempre había tenido más de lo que yo pudiera pedir, pero nadie me dijo nunca que al crecer no sería lo mismo. Lo aprecié pero no tanto como lo valoro ahora. Me dejé llevar y pensé que iba a durar para siempre. “Ni el amor es para siempre”, habló una voz dentro de mí.

Y, así son las cosas: Nada dura para siempre… Todo tiene un final. Ahora lo sé pero antes no lo entendía. El tiempo hizo lo suyo. Crecí y me adapté a las situaciones. Acepté lo que con los momentos vividos confirmo: La felicidad es un viaje; no un lugar. Solía creer que la felicidad era un lugar, un lugar donde se puede estar en armonía consigo mismo y sí existe, pero está dentro de cada persona; Está dentro de cada persona realizar su travesía porque la felicidad es el viaje de la vida. Para mí, la felicidad es ahora ese viaje constante y el camino más estrecho en el que voy descalza entre tantas piedras, moviendo cada una de ellas para seguir siendo feliz.

Creo realmente que ser feliz está en uno mismo. Si no se es feliz consigo mismo, ¿Cómo se podría ser con los demás o con la vida? Y, aunque ser feliz y la felicidad no parezcan o suenen lo mismo, tienen un significado en común: armonía. Esa armonía que, aunque las cosas no estén como se desean, encuentra un equilibrio entre todo lo  bueno y malo. Pero he ahí: La felicidad tanto como ser feliz es una decisión y cada quien elige si tomarla.

La felicidad es subjetiva y objetiva, según mi punto de vista. Subjetiva porque a cada persona le ha tocado vivir una vida y cada uno la idealiza a su manera y, es así, como también es objetiva porque cumple con una finalidad: Estar en armonía con el alma, cuerpo, mente y corazón además de consigo mismo. La felicidad es ver mucho más allá de los problemas y de lo que nos presenta el mundo, es crear nuestra propia realidad.


Recorriendo los laberintos que encierra la mente, vino a mí aquella pregunta que pensé había olvidado (o eso había tratado de hacer) hace ya un tiempo por lo que ahora me pregunté a mí misma si era feliz.  La respuesta fue “sin duda alguna que sí”; Claro que sí soy feliz porque he decido ver más allá de mis problemas, tratando de hacer y ser mejor las cosas. He decidido ser feliz porque ahora comprendo, entiendo y sobretodo, que la felicidad es un camino. Largo, por cierto pero que siempre valdrá la pena caminar. 

viernes, 1 de noviembre de 2013

La historia que nunca conté

Mi papá siempre me dijo que mi apellido lo tenía por una razón y que el tiempo me diría cual era esa razón... Siempre me lo dijo, desde que estuve pequeño. Mi papá es mi mejor amigo y aquel que está conmigo incondicionalmente, no sé qué seria yo sin él. Tampoco sé cómo es que es capaz de poder aguantar tantas tristezas y aun así tener siempre una sonrisa en su rostro.

Cuando mi mama murió, recuerdo a mi papá triste y creo que esa ha sido la única vez que lo he visto así. Mis papás, ambos se amaban; Se amaban de verdad y no podían vivir el uno sin el otro, se desesperaban por estar juntos, por hacerse compañía, por verse... Y aun a pesar de los años vividos, siempre encontraban de qué hablar.

Mi papá evocaba a su Luz, que era el nombre de mi mamá. Recuerdo como él la lloró todo un año, día tras día, noche tras noche y como a la mañana siguiente, estaba sonriente haciendo el desayuno antes que yo me fuera al colegio. Nunca lo ví llorar, sin embargo lo oía; Nunca lo vi desconsolado, pero sentía que no encontraba un consuelo; Nunca lo vi triste pero sé que su corazón lo estaba.

Muy pocas veces hablamos de la muerte de mi mamá, la mayoría de veces hablábamos de cómo era ella en vida y preferíamos mantenerla en nuestra memoria.

A mí tampoco me gustaba pensar así de mi mamá... Pensar que ya no estaba conmigo porque para mí, sí lo estaba espiritualmente. Nunca hablé sobre mi mama con nadie más que no fuera mi papá y aunque en el colegio tenía amigos cercanos, sabían que aunque me preguntaran mil veces sobre cómo me sentía no diría como me encontraba realmente; Odiaba como todos me miraban y me decían “siento lo de tu mamá”, ¿cómo ellos podían saber que se sentía?!

Sólo éramos mi papá y yo, unidos por el dolor que los dos sentíamos.


*                         *                    *

Pasó el tiempo y luego de la partida de mi mamá, vinieron más penas: La casa estaba hipotecada y debíamos la hipoteca; Papá había perdido su trabajo por una demanda que había perdido la compañía donde trabajaba y yo me había graduado y quería empezar a estudiar en la universidad, pero... no teníamos dinero. Papá sólo tenía $900 en el banco y no teníamos como pagar la hipoteca y mi universidad.

Fue en esos días que conseguí un trabajo, ayudante de un canal de televisión. Ganaba $40 semanales pero aun así, no alcanzaba. Papá habló con el banco y negoció tres meses para poder pagar.

-Deberíamos de vender nuestras cosas...-Dijo papá.

-¿Cómo así? ¿Qué cosas papá? Pregunté.

-Ésto - y señaló el sillón donde estaba sentado.

-Papá y según tu criterio, ¿cuánto nos darían por ese viejo sillón?

-No lo sé pero algo es algo -dijo en una voz débil.

-Tengo un trabajo papá y si por algo te refieres, el dinero que yo gano ya es algo...

-Pero necesitamos más -dijo e hizo una pausa. Pensó y luego me dijo: “Vendamos todo esto”.

Me quedé viéndolo y me fijé que estaba hablando en serio, mi cara no lo podía creer. Papá me volvió a ver y enojado me dijo:

-¿O qué? ¿Qué acaso te importa tanto lo que vaya a decir la gente? ¿Te importa tanto lo que vayan a hablar los demás? Dime Sebastián, ¿te importa?

Me quedé en silencio y luego de pensar respondí:

 -...Pero papá, aun así vendamos lo que vendamos nos quedaremos sin nada y ni podremos recolectar el dinero que necesitamos.

-No lo haremos con esa actitud, Sebastián... No lo podremos hacer si sigues pensando en lo que diga la gente. ¿Qué no te he dicho yo que no te debe importar lo que los demás digan o piensen? ¿No te lo he dicho Sebastián? La gente siempre hablará, sea para bien o sea para mal pero, ¿qué importa si lo que haces es lo que tú quieres hacer? ¿Acaso no te he enseñado que de lo que piense la gente no se come?

-Hagámoslo pues, papá. Estamos juntos en esto. -Le dije y me pare a abrazarlo. Pude sentir como mi papá sonreía al abrazarle. Sabía que tenía razón.

Empezamos a vender nuestras cosas, poquito a poco hasta quedarnos con lo indispensable: La cocina, nuestras camas y ropa. Pensamos en quedarnos la refrigeradora pero sabíamos que era otro gasto. Lo que fuimos ganando, lo fuimos ahorrando para agregarlo a la cuenta del banco y de lo que yo ganaba en mi trabajo, servía para la comida. Cancelamos el cable porque no teníamos televisión y cancelamos la luz porque no teníamos ningún aparato eléctrico. No teníamos más, no necesitábamos más; Éramos solo mi papa y yo ahora, en una casa vacía de muebles pero que tenía a dos hombres con mucha guerra por delante.

Fue por aquel entonces que empecé a creer que la vida le estaba dando el significado a mi apellido, Guerra.

En tan solo un mes, habíamos vendido todo lo que teníamos y aun así, el dinero no era suficiente. Pensé en prestar dinero a algún amigo pero, ¿quién me prestaría $50 mil? Y peor aún, ¿cómo regresaría yo ese dinero prestado? Descarté esa opción. Pensé también en algún amigo de papa que pudiera hacer lo mismo pero sabía que no tendríamos como pagarlo después. Cuando teníamos un mes y medio todavía para arreglárnoslas, a papá lo encontró la desesperación.

-¿Tienes miedo? -Me pregunto a penas había entrado a la casa cuando venía del trabajo.

-¿Miedo de que, papá?

-Miedo... Sólo miedo -dijo mirando al vacío.

-¿Tú tienes miedo? -Pregunté cuidadosamente.

Papá seguía viendo al vacío y pareció no haberme escuchado. Me acerqué y le volví a preguntar:

-Papá, ¿tienes miedo?

-Por primera vez en mi vida....

-¿Tienes miedo por primera vez en tu vida, papá? -Traté de que sonara gracioso pero me fijé que papá lo estaba diciendo en serio. Por lo que volví a preguntar:

-Y… ¿de qué tienes miedo por primera vez en tu vida, papá?

Dejó de ver al vacío y me volvió a ver. Su mirada era fuerte pero reflejaba que quería llorar.

-Tengo miedo de no ser un buen papá para ti, Sebastián. ¡Tengo miedo de no poder darte una buena vida, tengo miedo de no poder mandarte a la universidad, tengo miedo de no poder juntar el dinero que necesitamos, que necesito! ¡Tengo miedo de dejarte con deudas cuando yo muera, tengo miedo de que vivamos contando el dinero! Tengo miedo de no ser lo sufriente para ti, miedo de no ser lo suficientemente buen padre. ¡Tengo miedo de no que no puedas estudiar, tengo miedo que seas igual a mí!... -Sé que tenía más por decir, más por gritar pero no pudo porque su llanto interrumpió con su voz y ésta se quebró. Me acerqué para abrazarlo. Era la primera vez que veía a mi papá llorar. Nos quedamos abrazados un largo momento... Cuando mi papá al fin se calmó y ya podía hablar, dijo sin escrúpulos y sin duda alguna:

-Y… ¿si vendo un riñón?

No supe qué decir porque mi mente se quedó en blanco cuando lo dijo. Papá se fijó que yo estaba congelado.

-Sí, Sebastián. No te hagas, sabes lo que escuchaste. ¿Y si vendo un riñón? Piénsalo. Es la mejor solución... -Justo cuando dijo eso, me apresure a cortarlo.

-No digas que es la mejor solución porque no lo es… No, papá, hay otras soluciones que también pueden ser mejores. No digas eso, por favor.

-¿Por favor qué? Bien sabes que esa es la mejor solución, vender un riñón.

-¡No, papá! ¡No! ¡No es necesario! –No podía creer como mi papá podía  conservar la calma y estar tan sereno diciendo que vendería un riñón como si fuera una “cosa más” por vender. 

-Escúchame Sebastián, sí es necesario. Necesito, tengo que hacerlo... Por ti.

Mi nivel de enojo subió cuando mencionó que era por mí:
-¡Sea por quien sea, no tienes que hacerlo… y, mucho menos si es por mí! ¿Cómo vas a vivir solo con  un riñón,  papá? ¡¿Cómo?! -En ese instante, mis emociones ya no pudieron resistirse a llorar. Mi papa se acercó para abrazarme y aun estando sereno, como si no le afectara el verme llorar me dijo:

-No me dejes solo en ésto, hijo. Hazlo conmigo. Sé que es una decisión desesperada pero medidas extremas, necesitan soluciones extremas… Tú y yo sabemos que sí se puede vivir con un riñón. Bien lo sabes, Sebastián. –Respiró profundo y con los ojos llorosos, me dijo:

-Necesito hacerlo, por ti. 

En menos de una semana, conseguimos información sobre la compra y venta de órganos por internet. Los precios variaban por país y también por edad: En EE.UU. un riñón costaba $262,000, que por cierto, era el país donde más dinero valía mientras que en Europa, el valor era de $120, 000 pero esos “precios” eran por personas jóvenes, entre los 18 y 30 años; La edad de mi papá era 46, por lo que el precio de su riñón disminuía. Me aseguré si en verdad el poder vivir con un riñón era posible y el resultado de tantas páginas de búsqueda fue un sí. Supimos también, mientras navegábamos la extensa web que vender y comprar órganos era ilegal pero eso no detuvo a papá por más que le enumere y trate de convencer sobre los peligros y riesgos de hacerlo; él estaba decidido. Es impresionante cuantos resultados obtuvimos de la venta de órganos y así también, era increíble cuantas personas vendían también su riñón para pagar sus cuentas. “Ves que no soy el único”, me decía riendo papá.


*                         *                    *

Pudimos subir un anuncio en una página web que se encargaba de vender órganos pero tuvimos que fijar un valor: “Vendo riñón a $60,000. 46 años, sano, con deudas por pagar y dispuesto a realizar los exámenes que sean necesarios”. Ahora era sólo de esperar.

No podía creer que teníamos respuestas tan rápido: al día siguiente teníamos a 5 personas interesadas en comprar el riñón de papá. Carlos, mi papá se reía al saber la respuesta de la gente. Yo me encargué de hablar por teléfono con los comprantes y dos de ellos, querían negociar el precio a $40,000 y otro a $25,000 por lo que me negué. Me sentía tan mal negociando y hablando de vender el riñón de mi papá pero sabía que él no podría; aun riendo, sabía que lo hacía para no llorar. Así era mi papá, prefería reír que llorar.
El tercer llamado fue con una señora que necesitaba comprar el riñón para su esposo, el cual había tenido un accidente de avión en el que casi moría y estaba dispuesta a pagar la cantidad que pedíamos. El único contra era que teníamos que viajar a Panamá porque ahí sería la operación y ese viaje saldría de los 60 mil que costaba el riñón; la operación no sería pagada por nosotros. Mi papá estuvo de acuerdo con esa oferta y yo, me encargué de decirle a Sarah, la esposa compradora del riñón que aceptábamos. Estuve tres días planeando el viaje a Panamá y en esos tres días, me aseguré que todo saliera bien y que podía confiar en Sarah  Carvajal, por lo que ella me lo confirmó: Me mandó información sobre ella y su familia, que era una familia conocida en Panamá por las acciones de buenas raíces que tenían y de las cuales eran dueños en su país. Al cuarto día, viajamos a Panamá.
 
No sé quién estaba más nervioso, si mi papá o yo. Creo que mi papá pero el trataba de ocultarlo mientras que yo lo hacía obvio. Todavía no estaba preparado (y, creo que nunca lo estaré) para quedarme sin papá. Traté de no seguir pensando en la muerte y preferí ver el camino que recorríamos en el carro. Mi papá se fijó en mi tristeza:
 
-No tienes por qué estar triste, Sebastián… No es como si me fuera a morir o algo. –Dijo con una risa.
 
-No… pero puede pasar algo durante la operación… no sé, digo quién sabe, papá.
 
-Pues, roguemos que no sea así. –Concluyó sonriendo.
 
Llegamos al hospital donde harían la operación. Sarah Carvajal nos estaba esperando justo en la entrada. Empezamos a caminar mientras que ella nos decía que no había porqué preocuparse, ya que el doctor que realizaría la operación era amigo de la familia y a pesar que sabía sobre la ilegalidad de la compra y venta de órganos, conocía el riesgo que corría de morir el esposo de Sarah. No sé por qué razón pero me pareció confiable y en ese momento, supe que todo estaría bien. Nos dirigimos al cuarto donde se encontraba su esposo, Miguel Carvajal y dejamos que mi papá y él, hablaran. Sarah y yo salimos del cuarto, ella no pudo contenerse más el llanto y con voz cortada por el nudo en la garganta que hace ahogarnos entre palabras, logró decirme: “Gracias… No se imaginan cuanto es esto para nosotros, para mí. No sé qué sería yo sin mi esposo, gracias.” Dejé que llorara y por alguna razón, socorrí a abrazarla. Ella estaba muerta en llanto y creo que no lloraba sólo porque no perdería a su esposo, sino también porque iba a tenerlo de nuevo a su lado. Mi papá salió de la habitación y Sarah se compuso inmediatamente, dejando de llorar. Nos dijo que bajáramos, que nos estaba esperando un carro para llevarnos al hotel y que ahí sería donde nos quedaríamos. Me entregó un celular y me dijo que se estaría comunicando conmigo, le agradeció a papá y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos. Papá trató de calmarla y ella lo cortó diciéndole que ya era tarde y que debíamos irnos a descansar, porque a la mañana siguiente sería la operación.
Así fue. Era la mañana siguiente y había llegado el día. No pude dormir bien esa noche y a pesar que traté de hablar con papá para que cambiara de opinión, la única respuesta que obtuve fue: “Ya no es solo por ti, Sebastián. ¿No viste a esa mujer feliz de volver a tener sano a su esposo? Ahora son dos causas mayores, hijo: Mis cuentas y la felicidad ajena.”
Llegamos al hospital en el carro que Sarah Carvajal había mandado por nosotros. “Ni un minuto más ni un minuto menos”, pensé. Sarah y yo habíamos acordado el pago del riñón y decidimos que la primera mitad debía ser antes de la operación y la otra mitad, al día siguiente de la operación. A las 8:15, me pagó $30 mil en efectivo contándolo ella misma enfrente de mí. “Es mejor que el dinero esté justo donde se pueda ver: en efectivo y en las manos”, dijo riendo cuando terminó de contar. Logré hablar con mi papá y fue ahí que me dijo que tenía miedo, pero que sabía que estaba haciendo algo bueno. No quiero decir que me despedí porque no me gustan las despedidas, pero creo que el “te amo” que los dos nos dijimos fue más que una despedida.
 
Dos horas después, a las 10:15, mi papá y Miguel Carvajal entraron a operación. Sentí eternas las seis horas que esperé pero así estaba también Sarah. Ella y yo tratábamos de darnos animos, el uno al otro para quitarnos esos pensamientos negativos que inundaban la mente de cada uno.
Era un cuarto a las cinco de la tarde cuando el doctor Valencia nos confirmó que todo estaba en orden: la operación había sido un éxito. Mi papá y Miguel Carvajal estaban respirando y necesitaban descansar. Moría por hablar con mi papá pero sabía que tenía que esperar otro poco para hacerlo. Justo a las ocho de la noche, ya me encontraba abrazando a mi papá y llorando de felicidad al ver que nada le había pasado. “Te dije que todo saldría bien, Sebastián…. Te lo dije”. Me preguntó si ya teníamos el dinero y le respondí que la mitad, porque la otra mitad me la darían mañana. “Ahora ya voy a poder estar a gusto: no te dejaré ninguna deuda”, me dijo sonriendo y los dos empezamos a reír. Nos pusimos a hablar sobre cosas sin importancia alguna y empezamos a contarnos chistes. Aun sin un riñón, mi papá seguía siendo el mismo.
 
Me quedé dormido y una enfermera me despertó a la mañana siguiente. Mi papá estaba en la cama del hospital durmiendo todavía.
 
-¿No se ha despertado mientras he estado aquí? –le pregunté a la enfermera a lo que ella me contestó que no y agregó sonriendo:
-Su papá es un hombre muy valiente. Tiene mucha suerte de tenerlo, cuídelo.
 
Salí del cuarto para ir a desayunar en la cafetería del hospital. Eran las 7:32 am del día siguiente a la operación y a esa hora, sonó el celular que me había dado Sarah Carvajal. Le dije que estaba en la cafetería y después de un par de minutos, ella llegó. Fue hasta ese momento que me fijé en lo bonita que era, porque llevaba puesta una sonrisa de oreja a oreja y los ojos le brillaban como nunca. Me contó que su esposo estaba bien y preguntó por mi papá, la respuesta fue la misma también. Luego de una hora hablando, apareció su abogado y fue él quien me terminó de pagar la otra mitad del dinero, eran $28 mil ya que se había recortado lo del viaje. El abogado estaba feliz también y Sarah Carvajal no cabía de la emoción, porque no dejaba de decirme cuanto lo agradecía.
-Muchísimas gracias, no sabes que felicidad siento… Gracias, de verdad: Gracias.
Terminamos de hablar y subí al cuarto donde se encontraba mi papá todavía durmiendo. Estaba otra enfermera suministrando sangre y fue a ella quien le pregunté que cuando darían de alta a mi papá, su respuesta fue que dentro de dos días. “Dos días y podremos regresar a casa”, pensé. Como si mi papá hubiera podido saber lo que había pensado, despertó diciendo que en dos días regresábamos. La enfermera le dijo que si y papá sonrió.
 
*                         *                    *
 
Luego de una semana en Panamá, regresamos a casa. Todavía no podía creer que todo había salido más que bien y que nada malo había pasado. A penas dormí esa noche que regresé a casa, pensando en cómo nos había ido todo y como ahora contábamos con el dinero para pagar la hipoteca, y quien sabe hasta para empezar a estudiar en la universidad.
A la mañana siguiente, me dirigí al banco a pagar la hipoteca mientras papá seguía descansado en casa, no tenía que caminar para que los puntos se cerraran. Todavía faltaban tres días para que se terminara el plazo de pago. Llevé los $40 mil que eran de la hipoteca, firmé los papeles necesarios y listo: Papá estaba libre de deudas. Hubo sólo una señorita del banco que fue la única en preguntarme como habíamos conseguido el dinero y sin titubeo alguno, le respondí que mi papá había vendido su riñón. Ella se quedó perpleja y no dijo más.
Mientras iba de camino a casa, pensé en tantas cosas a la vez que ya ni sabía cómo sentirme: Estaba más que feliz pero también preocupado por mi papá. “No estamos solos, por lo menos”, me dije. “Mi papá está conmigo”. Llevaba una gran sonrisa cuando entré casi saltando de la emoción a la casa. Grité “¡papá, papá, papá!” pero no tuve respuesta alguna. Pensé que a lo mejor seguía dormido hasta que entré al cuarto y me di cuenta que no estaba respirando. Las lágrimas llenas de desesperación empezaron a salir de mis ojos preguntándome que debía de hacer, gritando por ayuda, sin poder hacer nada: Ya no tenía pulso. Sentí como el cielo se me vino abajo y como de un momento a otro, me encontraba en el infierno. Estaba yo solo en esa casa, que ya no era un hogar porque mi papá no estaba; me sentí vacío y sin esperanza, lleno de tristeza y cólera. Justo cuando me sentí atrapado en mi dolor, me fijé en una página que estaba botada en el suelo y sin emoción alguna, la recogí: Era un cheque firmado por Miguel Carvajal por $20,000 para estudiar en la Universidad Nacional de Panamá. Junto al cheque estaba una hoja escrita con la letra de mi papá en la que decía: “Sé el hombre que yo nunca fui. Te amo, hijo”. 
 
 
 

 

jueves, 6 de junio de 2013

Viviendo sin ti


Siendo ya vieja, se despertó llorando. Estaba asustada y temerosa de lo que había soñado. Volvió a ver a su derecha y ahí estaba: Su amor. El amor de su vida.

Tuvo la necesidad de escribir en ese preciso instante.  Agarró la libreta que estaba en su mesa de noche, la libreta que siempre tenía por si sentía ganas de desahogarse. A la par de la libreta, un bolígrafo. Encendió la lámpara.

Y, escribió:


Quien diría que nos veríamos así:
Frente a frente pero espiritualmente.
Que te dejaría de ver pero no de sentir, 
Que te marcharías pero seguirías aquí.

¡Qué cosas, qué cosas depara la vida!
Justo ayer te tenía conmigo,
Abrazándome y quitándome el frío. 
¡Qué cosas, qué cosas depara la vida!

Te veía, te admiraba y te adoraba. 
¡Ah pero como me encantabas!
Maldigo la muerte,
Maldigo vivir. 

De más está decir que te extraño,
De más está decir que te amo. 
Hasta la tierra sintió mis lágrimas,
Hasta yo me sentí morir. 

Y, es que así estoy: Moribunda;
Muerta en vida; Muriendo sin poder morir. 
Con el amor vivía pero, qué hago ahora que te perdí?
Prefiero morir. 



 Un par de lágrimas rozaban  sus mejillas, agarró el bolígrafo con más firmeza mientras finalizaba llorando: 

Para el muy lejano día en que te toque partir, mi amor.

viernes, 1 de marzo de 2013

Te dejaré a ti




«Te dejaré a ti, pero no a tu recuerdo».

Fueron las últimas palabras que ella dijo, y emprendió camino. Agarró su maleta, quién sabe si estaba en realidad llena de ropa o si sólo era para aparentar que en serio se iría. Tendrás tus razones para irte, para dejarme pero te daré más razones para quedarte, para tenerte conmigo.


—Dramática como siempre, mi amor— le dijo mientras la miraba irse. 
Ella hasta caminó despacio deseando en sus adentros que le pidiera quedarse pero no se movió; ni siquiera le miró la cara. Esperó a que ella llegara a la puerta para así él levantarse, dejar de mirar la salida de esa dramática mujer que amaba. Ella llegó hasta la puerta y movió la vista hacia un lado: Ahí estaba. Él. Su sufrimiento. Su amor. 

«Existen diferentes tipos de besos pero los mejores se dan con la mirada». 


—¿No pensarías que en serio te dejaría ir?— dijo y luego, la besó. Ella soltó su maleta dejándose convencer por sus labios. —Te amo y no seas tonta. Ahora ve, cámbiate que iremos a la iglesia.

—¿Iglesia?— Dijo ella sorprendida. Él le respondió con la mirada. —¿A qué? A ti no te gusta ir a la iglesia.

—Pero a ti sí… Así que date prisa que las ganas de estar contigo para siempre me consumen: Vamos, que nos casaremos. 
 Ella lo miró tan incrédulamente y sin poder hablar. No lo veía posible, no lo creía cierto hasta que él se acercó dándole otro beso y ahí, ahí entendió que era en serio.


«A besos entiendo, a veces no»

miércoles, 9 de enero de 2013

365 días


Existe un dicho «lo que no fue en tu año, que no te haga daño» y es cierto. 
Un año son 365 días para aprender, querer, amar, sonreír, equivocarse, madurar, perdonar, olvidar, superar, crecer y lo más importante, vivir.  Son 365 días de oportunidades.
Pero también es un año más para cambiar y mejorar.

Eso de crecer no me va a gustar nunca... Pero tengo que admitir que tiene sus ventajas (y experiencias) así como tiene sus desventajas: Hace un año no sabía todo lo que sé ahora, no sabía lo que podía llegar a lograr, no sabía que tendría que luchar tanto por lo que quiero y esforzarme, esmerarme tanto y poder ser feliz cuantos días yo quisiera, cuanto quisiera que durara dejando la creencia tonta que la felicidad llega a uno; no.  Tanto así como tampoco sabía que diría adiós a las personas que creía (ingenuamente) que estarían conmigo «para siempre», que me tocaría caerme y aprender pero que ahora entiendo que tenía que pasar.  
Y es que,  todas las cosas cambian. Las personas, como las estaciones del año, cambian y las situaciones de la vida también. Nuestro alrededor va cambiando constantemente y nos vamos adaptando a él.  
Nosotros también vamos cambiando con lo que nos rodea: nos vamos ajustando, nos vamos acomodando a los nuevos amigos que entran (o ya estaban en nuestras vidas pero no les dábamos espacio),  nuestra personalidad se altera y se ve va moldeando una nueva, una mejor (dependiendo de cómo veamos las cosas); las oportunidades se presentan en nuestras vidas que con ellas también llegan los malos ratos y nosotros nos envolvemos para aceptarla. Por que no hay nada más que aceptar que las cosas, que las personas y que nosotros hemos cambiado. 

«Los cambios son necesarios», escuché alguna vez. Y yo lo creo: Necesitamos cambiar para crecer. No podemos seguir siendo los mismos de siempre.
Tenemos que decir adiós a los malos momentos que, gracias a ellos aprendemos a apreciar los buenos, para poder ver lo que tenemos y decirle adiós a las personas que ya no tienen un lugar en nuestra vida; a las personas que dejaron de ser y estar con nosotros para así recibir las oportunidades que brinda el presente y quién sabe, a lo mejor también a futuro. 


Creo que los años son como el vino... O al menos, así deberían de ser para todos: cada vez mejores. Y para mi así lo son, sólo que cada uno decide como vivirlos.

sábado, 20 de octubre de 2012

Enrique


Cansada de hacer  siempre lo mismo, decidí salir al parque cercano para despejar mi mente. Di algunas vueltas alrededor hasta que decidí sentarme. Elegí la banca donde había visto a un pequeño que, aunque no lo conocía llamó mi atención y también, de los que pasaban cerca por su carita angelical y cabello castaño. Estaba solo y parecía estar triste. Me había visto y sonreído al pasar frente a él antes.  Me acerqué más a él  y lucía preocupado. Se fijó de mi presencia, aunque volvió a sonreír, tras decirme hola, inmediatamente soltó que no sabía dónde estaban sus padres.

Interesada en ayudarle desde un principio, pregunté su nombre.
-Me llamo Enrique, dijo. Después, describió como eran sus padres y cómo vestían. Sugerí dónde podrían haber ido, pero él, contestó inciertamente. La caseta con altavoz del parque, estaba cerca, pero aún  así, de camino allí,  miramos entre la gente que iba y venía alrededor nuestro, girando la cabeza aquí y allá: No había tiempo que perder, la tarde caía, había que anunciar su pérdida rápidamente, pues el parque, empezaba a vaciarse de gente. Enrique lucía triste pero nada más. 
¿No te preocupa haberte perdido? ¿No encontrar a tus papás?, le pregunté. Contestó seguro con su boca rosada en forma de corazón, un no.
Me sorprendió su respuesta.
—No te puedo dejar acá, ¿sabes? Va a caer la noche y podría ser peligroso. Te quedarás conmigo. Mañana preguntaremos por tus papás. 
Él me sonrió y su mirada cambió: fue como que si le hubieran dado una gran noticia. Me observó fijo, como si me estuviera tomando una foto para guardarla en su mente.

Inicié el camino a casa, con él al lado mío. Caminamos en silencio, pero yo no podía evitar dejar de pensar que había algo en Enrique. No sabía qué; pero lo había. 
Al llegar a casa, le fascinó ver tantos libros.
 —iJamás había visto tantos libros; tantos estantes! ¿Los has leído todos?, me preguntó.
 —La mayoría. Pero me faltan todavía algunos, le contesté.
Él seguía fascinado. Tocaba los libros, los abría, los olía. Pasaba sus manos sobre las páginas, pareciendo que las acariciaba. Tomaba a veces, libro por libro para ver de qué trataba, iba de estante en estante repasando los títulos. 
—¿Te gusta leer? Pregunté.
 —Me encanta. Pero no he leído mucho. 
—¿No hay libros en tu casa?
 —No. Contestó rotundo.

Nadie sabía nada de Enrique: de donde venía, de donde había salido, que le había pasado... Nada. Dejándolo a gusto, fui a la cocina a prepararnos algo de comer. Luego, lo llamé a cenar.

—Enrique, dije.
—Dime "Quique", me gusta más que me llaman así.
—No creo que encontremos a mis papás, expresó en tono convencido; lo que me sorprendió. Hubo una pausa, pero después de unos momentos, mirándolo fijamente, en vez de contestarme porqué creía eso, dijo: —¿Puedes darme algo para leer? Sin pensármelo mucho, fui a un estante y extraje “El coronel no tiene quien le escriba”, que me encanta. Quique, sonriendo lo tomó enseguida. 

Lo ubiqué en cuanto pude en el cuarto de las visitas. El cuarto de baño está a la par. Duerme bien, descansa, Mañana iremos a ver si hay noticias de tus papás. Buenas noches, le deseé, mientras me dirigía al mío.  
Algo me decía que Quique era de confiar, que era un buen niño. 
Me acosté en mi cama y el techo me parecía un mar de preguntas sobre quien era este niño. Quedé dormida pensando en las respuestas.

Sonó mi alarma. Me levanté y fui a la ducha. Me cambié y fui a la cocina. Al pasar, corroboré si Quique seguía allí y así era. Decidí no despertarlo pero tras encender  la televisión de la sala, se despertó. 
—¿Tienes hambre? Pregunté. 
—Sí. 
Le serví y nos sentamos juntos a comer. 
—Leí todo el libro, dijo orgulloso—Ayer en la noche lo leí, todo. Pobre coronel... Pero lo entiendo. Yo también soy así.
 —¿Qué quieres decir?, le pregunté.
 —Como el coronel, nadie me entiende, nadie me ve y a nadie importo. Sólo ven los problemas que traigo. 
No sabía qué preguntar o qué decir. No entendía porqué decía eso...  

Me levanté.
—¿Vamos a la alcaldía?, me preguntó. La respuesta fue sí.
Al llegar, toda la gente allí, se quedó mirándonos; o mejor dicho a Quique, quien no dejaba de despertar admiración. Él sabía que hablaban de él y a veces sonreía. Yo me daba cuenta, pero no hacía mucho caso, sólo seguía caminando. 
—Señorita, quisiera saber si han preguntado o han reportado niños perdidos. Desde ayer, busco a los papás de este niño.- Le dije a la muchacha excesivamente maquillada y que, aunque acababa de llegar, parecía querer marcharse ya. 
-No. Por lo menos, no que nos hayan venido a avisar. No tenemos ni un papel ni recado de la caseta, contestó.
Me quedé pensando  qué hacer. Preocupada pensé ¿Cómo era posible que unos padres no buscaran a su hijo? 
Enrique vió mi cara de angustia. 
—¿Estás bien? No tienes que preocuparte por mí. 
Lo último lo dijo sin ninguna intención, sin sentirlo.

Pasaron dos días y nada. Ningún aviso, ninguna noticia. Pasó una semana, semana y media y absolutamente nada. Era como si Quique no tuviera a nadie, aunque estaba tan calmado y sereno como si nada. Sólo sus ojos, de color miel y grandes, a veces parecían preguntar y responderse a sí mismo… con sus cejas casi rubias enmarcando los hermosos ojos. Sus manos, pequeñas y rasguñadas aquí y allá –decía tener un gato que era más que suyo era de la vecina-, hablaban de que pertenecía a alguna parte.

Llevaba una mochila que cuidaba que nadie le tocara siquiera. Se molestaba cuando alguien intentaba hacerlo, como ocurrió cuando mi encargada de la limpieza lo hizo una vez arreglando su cuarto. Así, una noche, recordando el incidente al estar cenando, pregunté qué llevaba en ella. 
-Lo que pude meter en ella y  la ropa -suficiente para dos semanas- Supe cuando me enseñó su contenido.

En esa semana, hablamos mucho de lo que nos gustaba y lo que no; de cómo son  las personas cuando mienten, de los lugares que nos gustaría conocer; de lo que nos gustaba comer y lo que no... pero seguía sin saber mucho de él, pues se negaba a hablar de donde venía o cosas más personales. En su mirada, siempre se veía que estaba triste. 
Una tarde, charlábamos acerca de “Alicia en el País de las Maravillas”, cuando tocaron a la puerta. Era la policía que venía a llevarse a Quique. Al protestar por qué, respondieron que debía acompañarlos también. Tomé un suéter para él y otro para mí, sin hacer más preguntas, mientras él me veía con una cara de ¿Qué es lo que he hecho ahora?, y yo le respondía con la mía de ¡No tengo idea! 

  


*                         *                         *



Jamás me lo hubiera imaginado: Unas constancias médicas aseguraban que Quique tenía problemas mentales y que los estudios a los que lo habían sometido, explicaban que el chico carecía del sentimiento a ser feliz ¿Ser feliz? pensé yo, eso debía ser una mentira. ¿Cómo alguien puede carecer de esto, o no va a saber lo qué es ser feliz? Otra carta escrita por su madre decía ya no quererlo; por no saber qué más hacer con él. Quique no había escuchado, era mejor así. Era mejor que se quedara afuera esperando. Tampoco me preguntó nada cuando me vio. Regresamos a casa.

Quería decirle muchas cosas cuando me senté a la mesa del comedor, mientras él, miraba la televisión. Intuyendo mis preguntas, caminando a donde yo estaba:
—Ya sé qué es lo qué te dijeron.... No tienes porqué ocultármelo. Siempre lo he sabido. Por eso mis papás no me querían.
—No digas eso. 
—Pero es cierto. ¿Qué tipo de papás dejan a sus hijos en el parque? ¿Quién? Dime. 
—Ellos no te dejaron el parque, tú fuiste el que se perdió. Dije.
—iNo mientas! iNo me mientas! iEllos me dejaron ahí, yo los escuché un día antes! ¿Crees qué ha sido fácil ser así como yo soy? ¿Sabes cuántos problemas he tenido?  iQuiero ser feliz y no puedo! iNo puedo! ¿Qué acaso soy anormal? He visto personas que son infelices pero no siempre, he visto que tienen momentos de felicidad ¿Pero yo? ¿Yo? iA nadie le interesa en este mundo! Dijo Quique, llorando por fin.
Me levanté para abrazarlo y siguió llorando sobre mi hombro. —¡Quiero ser feliz! ¡Quiero ser feliz! ¡Quiero ser feliz!.... Repetía al hacerlo.
—Tal vez no has estado con las personas correctas para ser feliz.
—¿Sabes? Una vez alguien así me lo dijo. Lo conocí cuando me hacían unas pruebas en el centro psiquiátrico.... —Me sorprendí ¿Centro psiquiátrico? Lo vi tratando de disimular. No quería mirarlo admirativamente o con lástima, pero no podía mirarlo de otra manera—. Sí, centro psiquiátrico. Nunca estuve interno pero me hacían pruebas y exámenes para saber como era que yo pensaba, o no sé. Nunca entendí qué era, pero las personas de ese lugar eran, o por lo menos, parecían felices. No les importaba nada, hacían cuanto ellos querían y podían gritar cuantas veces pudieran. 
—Pero esas personas estaban locas, Quique.
—Sí, sí ya lo sé, pero eran felices. No me importaría estar loco con tal de ser feliz. No me importaría morirme, si así me siento feliz. No me importaría nada con sólo ser feliz.... Dijo sonriendo. Hubo una pausa. -Te elegí a tí. En medio de toda esa gente en el parque, la mejor eras tú. Te veías con tanta vida y a la vez, sin ella. Estabas completa pero al mismo tiempo, vacía y aburrida. Miré y me fijé tanto en ti que hasta sabía que aparentabas ser feliz pero no lo estabas, no del todo.... 
—Ven— y lo volví a abrazar, susurrándole al oído le dije —Te propongo algo: intentemos ser felices juntos. 







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*Esta historia la escribí para el "Concurso de: Escribiendo mi Poesía y Cuento 2012" del colegio en el que estudio, ganando primer lugar en la categoría de cuento. 
Le doy las infinitas gracias a mis lectores número uno, mi mamá y mi papá. A vos mamá, por tu apoyo incondicional y a vos papi, por tus palabras.  
También, muchísimas gracias a Carlos Leiva Cea por ayudarme a encontrar el orden a mis ideas. 

Por último, gracias a todos los que me leen. No se imaginan lo bonito que es este sentimiento, G R A C I A S. 


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domingo, 12 de agosto de 2012

No lo sé... pero debería saber.


Sé que tengo meses de no escribir aquí.... Pero escribir por escribir no se me da. Escribo cuando siento, cuando me pasa algo, cuando me siento mal, cuando me quiero desahogar, cuando no quiero contarle nada a nadie, cuando me quiero escapar de este mundo para meterme al mío. 
Escribo cuando tengo y siento la necesidad de hacerlo.




*              *              *




Siempre creí que debía ser la mejor. 
Me lo creí tanto que terminé siendo egoísta y egocéntrica. 
Tenía que tratar de ser la mejor... La mejor en esta vida o la mejor en todo lo que se pudiera. 
Debía ser estereotipado aunque a veces me salía de «la raya» y le daba color a las cosas como yo las quería. 
Siempre compliqué las cosas. Siempre lo hago. 
Le busco un problema a casi todo; Hago de algo pequeño, algo enorme.
No soy perfeccionista pero soy realista. Me gusta ver las cosas como son. 
Puedo ser positiva pero lo realista y positiva no caminan de la mano; 
o se es una o se es otra... 
Así soy. 
No es que no deba cambiar, pero la cosa es que no quiero. 
Doy lo mejor que yo creo y recibo lo que no debo.

¿Acaso doy demasiado? Debería hacerme esa pregunta más seguido.
O todos deberían de preguntarse: ¿Porqué no doy mas? De esa forma, los que damos demasiado recibiríamos muchísimo más. 




sábado, 21 de abril de 2012

Monólogo de un sueño


Me desperté con un sabor dulce amargo en mi boca. No sabía si era mi aliento el que sabía tan mal o si era el sabor de lo que había soñado; Era lo segundo. Y es que, mi sueño no había sido sueño.... Había sido una pesadilla amarga de monstruos oscuros y sombras que tenían la cara de todos mis seres queridos riéndose de mí mientras me hablaban en voz dulce diciendo quererme.

Moví la cabeza para ya no acordarme de esa pesadilla pero me parecía demasiado real todavía. Me estiré, tratando de olvidar lo que había soñado pero seguía ahí conmigo. Levanté la mitad de mi cuerpo a modo de quedar sentada y me detuve a pensar viendo la pared blanca que estaba frente a mí. Creo que me quedé viéndola durante un minuto y me moví para levantarme.

Pero no me levanté. Me quedé en mi cama y era como si mi cuerpo no quisiera levantarse mientras mi mente le decía que lo hiciera. Aún así, no lo hizo... O no lo hice. Tal vez era un movimiento involuntario, tal vez quería y a la vez no. Tal vez sólo quería quedarme acostada viendo al techo tratando de encontrarle sentido a ese sueño. Y así fue. Me acosté nuevamente y me quedé viendo al techo como si la lógica de mi sueño estuviera escrita ahí. 


Sólo eramos tres: mi cama, mis pensamientos y yo. «La compañía perfecta», me dije. Exactamente eso era... Perfecta pero todavía sola. Perfecta pero sin sentido alguno. Perfecta pero sin nada de lógica. Perfecta pero sin entender el porqué. «Tal vez no tenga que entender... Tal vez así tiene que ser», pensé.

Mientras miraba al cielo del techo, tuve un recuerdo de cómo había sido esa pesadilla dulce amarga que me había dejado con miedo. Tenía miedo de que se volviera realidad, miedo a que se burlaran de mí y rieran tal chiste yo fuera... Miedo a que sucediera. «No pasará», dije. Y me lo repetí unas tres veces para creerlo. Tenía que creer que no pasaría... No podía pasar.

Parpadeé y en ese minúsculo parpadeo, ví mi sueño reflejado nuevamente: sombras y ecos de carcajadas mal intencionadas hacia mí. Blanco y negro era mi sueño... Sólo mi persona estaba de color. «Amarilla», recordé; mi color favorito. Sonreí y volví a recordar tal sueño. No sé por qué quería acordarme de ese sueño, de esa pesadilla si me daba miedo. Una voz en mi cabeza me dijo: «Porque a lo que más le tememos es lo que más debemos de hacer». Me acordé de haber escuchado eso en alguna parte alguna vez.

No había salido el sol y mis ventanas estaban empañadas. No hacía calor, hacía frío. «Tal vez es el calor de mis pensamientos», me dije y reí porque sabía que no era cierto. Creo que el reloj marcaba las 5 de la mañana y yo ahí despierta, pensando, tratando de recordar tal pesadilla o tal sueño que me había dejado en blanco y a la vez, asombrada. «Lo pensas mucho>, dijo mi cabeza. «Siempre de complicada», me dije.

Seguía viendo el techo y encontré que decía «dormite». «Estoy loca», pensé y me contestaron «Ya lo sabíamos». No sabía quien me hablaba, no sabía si era mi cabeza o si era el eco de mis pensamientos. La verdad no me importaba, no me asustaba... Ya me había acostumbrado a hablar conmigo misma y a tener conversaciones que sólo yo las entendía. «Mis propios monólogos», pensamos las tres.

Empecé a reír sin razón alguna y por mi ventana, el sol empezaba a dar sus rayos de luz. Debía dormir y debía soñar la continuación de mi pesadilla. Quería tener la continuación y saber en qué terminaba. «Duerme y veremos que pasa», dijo el eco. Quería hacerle caso pero... ¿y si soñaba algo peor esta vez? Me invadió el miedo nuevamente. «Me arriesgo... quiero saber», pensé. Cerré mis ojos y los abrí. Tenía miedo. Giré la cabeza y volví a cerrar mis ojos.